Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Me voy, ya va siendo hora; también para usted…
—¡Basta, basta! Yo le he abierto, por asà decir, mi corazón, y usted es incapaz de apreciar una prueba de amistad tan evidente. ¡Je, je, je! ¡Qué poco amor hay en usted, poeta! Aguarde un poco, quiero pedir otra botella.
—¿La tercera?
—La tercera. En cuanto a la virtud, mi joven discÃpulo (permita que le dé este dulce nombre; quién sabe, tal vez mis enseñanzas le sean provechosas algún dÃa)… en cuanto a la virtud, mi joven discÃpulo, ya le he dicho que, cuanto más virtuosa es la virtud, más egoÃsmo encierra. Me gustarÃa contarle a este respecto una anécdota preciosa: en cierta ocasión amé a una muchacha, y fue aquél un amor casi sincero. Ella sacrificó tantas cosas por mÃ…
—¿No serÃa aquélla a la que robó? —le pregunté con rudeza, sin ganas ya de contenerme.
El prÃncipe se estremeció, le cambió la cara y me clavó los ojos hinchados; habÃa sorpresa y furia en esos ojos.
—Un momento —dijo, como si estuviera meditando en voz alta—, un momento; déjeme pensar. La verdad es que estoy borracho y me cuesta…