Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Ja, ja, ja! ¡Todo un Talleyrand[54]! Pues sÃ, la verdad es que me quedé de piedra cuando aquella mujer me soltó en toda la cara que le habÃa robado. ¡Cómo se desgañitaba! ¡Qué forma de insultarme! Estaba rabiosa, completamente desatada. Pero, juzgue usted mismo; lo primero, no tiene usted razón, yo no le robé nada a aquella mujer. HabÃa sido ella la que me habÃa regalado su dinero, asà que ya era mÃo. Pongamos por caso que usted me regala, no sé, su mejor frac —diciendo esto, echó un vistazo a mi único frac, bastante deslucido, confeccionado tres años antes por un sastre llamado Iván Skorniaguin—, yo le quedo muy agradecido y empiezo a ponérmelo; de pronto, al cabo de un año nos peleamos y me exige que se lo devuelva, después de haberlo usado todo ese tiempo. Eso serÃa una bajeza: ¡no habérmelo regalado! Aparte de eso, y prescindiendo del hecho de que aquel dinero era mÃo, yo se lo habrÃa devuelto de todas maneras, pero dÃgame usted: ¿dónde iba yo a reunir aquella suma de buenas a primeras? Y, sobre todo, como ya le he dicho, no puedo soportar los idilios ni los dramas schillerianos, y de ahà vino todo. No se imagina usted cómo se puso conmigo aquella mujer, proclamando a voz en grito que me iba a dar el dinero (un dinero que, por cierto, ya era mÃo). Acabó poniéndome nervioso, y de pronto fui capaz de verlo todo con total claridad, porque la verdad es que yo nunca pierdo la presencia de ánimo: pensé que, probablemente, si le devolvÃa el dinero, podÃa hacerla infeliz. La habrÃa privado del placer de ser infeliz exclusivamente por culpa mÃa y de poder maldecirme el resto de su vida. Créame, amigo mÃo, hay una especie de éxtasis supremo en ese género de desdichas, que consiste en sentirse absolutamente justo y magnánimo, y en tener todo el derecho del mundo a considerar un miserable a nuestro oponente. Ni que decir tiene que ese éxtasis rencoroso se da en los temperamentos schillerianos. Es posible que después de lo ocurrido aquella mujer no tuviera ni para comer, pero estoy seguro de que serÃa feliz. No quise arrebatarle esa felicidad y no le devolvà el dinero. De ese modo quedó demostrada mi regla, según la cual, cuanto más llamativa y aparatosa es la generosidad de alguien, más repugnante es el egoÃsmo que encierra… ¿No le parece evidente? Pero… Y usted que querÃa cogerme en un renuncio, ¡ja, ja, ja! Venga, confiéselo… ¡Oh, Talleyrand!