Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Pero de pronto, desarmada por la bondad angelical del anciano al que no había dejado de humillar, y por la paciencia con la que éste se había puesto, por tercera vez, a prepararle la medicina, sin hacerle el menor reproche, Nellie se apaciguó. La sonrisa burlona se le borró de los labios, se le subieron los colores, los ojos se le humedecieron; me dirigió una rápida mirada y acto seguido volvió la cabeza. El doctor le ofreció la medicina. Ella se la tomó tranquilamente, con timidez, agarrando la mano colorada y rolliza del médico, y le miró despacio a los ojos.

—Usted… se enfada conmigo… porque soy mala —empezó a decir, pero, sin acabar de hablar, se zambulló entre las sábanas, se cubrió la cabeza y empezó a sollozar histéricamente.

—¡Oh, niña mía, no llore! No tiene importancia… Son los nervios; beba un poco de agua. —Nellie no le escuchaba—. Anímese… No esté triste —insistió, a punto de ponerse a gimotear, porque era un hombre muy sensible—; estoy dispuesto a perdonarla, y a casarme con usted, si se porta como una niña bien educada y acepta…

—¡Tomar la medicina! —se oyó una voz por debajo de las sábanas, acompañada de una risa nerviosa, que tintineaba como una campanilla, interrumpida por los sollozos. Esa risa me resultaba muy familiar.


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