Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Caramba! Otra vez… ¡Qué desgracia! Pero… aún puedo volver a prepararlo —dijo el anciano, limpiándose la cara y la pechera con el pañuelo.
Eso dejó descolocada a Nellie. Ella contaba con nuestro enojo, pensaba que empezarÃamos a regañarla, a reprenderla, y es muy posible que fuera eso lo que estuviera deseando, inconscientemente, en aquel momento; de ese modo, habrÃa tenido un pretexto para ponerse a llorar, a sollozar histéricamente, para volver a tirar los polvos, como acababa de hacer, e incluso para romper algo, despechada, y apaciguar asà su pobre corazón, caprichoso y maltratado. Esa clase de caprichos no son exclusivos de la gente enferma, no son exclusivos de Nellie. Cuántas veces me habré dedicado a dar vueltas por mi habitación, apremiado por el deseo inconsciente de que alguien me ofendiera o me dijera algo que yo pudiera considerar ofensivo, para asà tener en quién proyectar mi rabia. Las mujeres, cuando necesitan desahogarse de ese modo, empiezan a llorar, derramando las lágrimas más sinceras, y las más sensibles entre ellas llegan a sufrir ataques de histeria. Se trata de una experiencia completamente sencilla y cotidiana, que es más frecuente cuando otro pesar, muchas veces oculto, nos abruma el corazón: un pesar que desearÃamos confiar a alguien, pero no tenemos a quién.