Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Aquella nueva chiquillada debió de parecerle muy graciosa: se le encendieron los ojos y contrajo los labios en una sonrisa, a la espera de la respuesta del doctor, un tanto perplejo.

—Sí, claro —contestó, sonriendo de mala gana ante ese nuevo capricho—; sí, claro, si es usted una niña buena, una niña bien educada, y es obediente y…

—¿Y tomo la medicina? —le secundó Nellie.

—¡Eso es! Si toma la medicina. Es una buena chica —volvió a susurrarme—; hay en ella muchas… muchas cosas buenas y es muy lista, pero… eso de casarse… qué capricho más raro…

Y volvió a ofrecerle la medicina. Pero en esta ocasión ella se dejó de triquiñuelas y sencillamente le dio un manotazo a la cuchara, y toda la medicina fue a parar a la pechera y la cara del pobre viejo. Nellie se rió a carcajadas: ya no era la suya la misma risa inocente y alegre de antes. Una sombra cruel y maliciosa cruzó fugazmente su rostro. Todo ese rato me dio la sensación de que estaba tratando de evitar mi mirada: únicamente estaba pendiente del doctor y, con un gesto de burla —en el que, a pesar de todo, también se advertía su impaciencia—, se quedó esperando la reacción del «gracioso» viejecillo.


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