Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Y a partir de ese instante dio comienzo entre Nellie y él una extraña, una asombrosa amistad. Conmigo, en cambio, Nellie se mostraba cada vez más taciturna, más nerviosa e irritable. No sabía yo a qué achacarlo, y estaba muy sorprendido, sobre todo porque aquel cambio había sobrevenido de forma repentina. En los primeros días de su enfermedad, ella había estado especialmente tierna y cariñosa conmigo; parecía que no se cansaba de verme, no consentía que me alejara de ella, me cogía con su mano febril y me hacía sentarme a su lado y, como me viera triste y preocupado, hacía todo lo posible por alegrarme, bromeaba, jugaba conmigo y me sonreía, haciendo un esfuerzo evidente para sobreponerse a sus propios sufrimientos. No quería que trabajara de noche o que me quedara en vela, pendiente de ella, y se entristecía si veía que no la obedecía. En ocasiones, la notaba preocupada; entonces, ella empezaba a interrogarme, a preguntarme por qué estaba triste, en qué estaba pensando; pero, curiosamente, cada vez que el nombre de Natasha salía a relucir, ella se callaba de inmediato o cambiaba rápidamente de tema. Daba la sensación de que no quería hablar de ella, cosa que me sorprendió. Cuando volvía a casa, se ponía muy contenta. En cambio, cuando cogía el sombrero, me miraba con aire abatido, y me seguía con los ojos de forma un tanto extraña, como si tuviera algo que echarme en cara.