Humillados y ofendidos

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El cuarto día de su enfermedad, me pasé toda la tarde en casa de Natasha, y me quedé allí hasta bien pasada la medianoche. Tuvimos que discutir largamente un asunto. Sin embargo, al salir de casa, le había dicho a mi enferma que iba a volver en seguida, algo de lo que yo también estaba convencido en esos momentos. De todos modos, aunque me quedé en casa de Natasha más tiempo del previsto, yo no estaba preocupado por Nellie: no la había dejado sola. La acompañaba Aleksandra Semiónovna, que se había enterado por Maslobóiev, que había pasado por casa un minuto, de que Nellie se encontraba enferma, y sabía que yo andaba muy atareado y no tenía quien me echara una mano. ¡Dios mío, cuántas molestias se tomó la buena de Aleksandra Semiónovna!

—Y, claro, ¡ahora ya no va a venir a comer con nosotros! ¡Ay, Dios mío! Y el pobre está más solo que la una. Ahora es cuando toca mostrarle toda nuestra simpatía. No hay que dejar pasar esta ocasión.







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