Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Precisamente ése fue el día en que pasé toda la tarde con Natasha y regresé después de medianoche. Nellie estaba dormida. Aleksandra Semiónovna también tenía sueño, pero estaba velando a la enferma, esperando a que yo llegase. Sin perder un minuto, con un susurro apresurado, empezó a contarme que al principio Nellie había estado muy contenta, que incluso se había reído con ganas, pero que después se había puesto tristona y, viendo que yo no volvía, se había quedado callada y pensativa.
