Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Y después empezó a quejarse de que le dolía la cabeza, y le dio por llorar y sollozar de tal modo que yo ya no sabía qué hacer con ella —añadió Aleksandra Semiónovna—. Empezó a preguntarme cosas de Natalia Nikoláievna, pero yo no tenía nada que contarle. Entonces dejó de interrogarme, y otra vez empezó a llorar, hasta que se quedó dormida entre llantos. Bueno, me voy, Iván Petróvich, el caso es que he podido darme cuenta de que ya está mejor, y yo ya tengo que volver a casa. Filipp Filíppich me dijo que no llegara tarde. Le confieso que esta vez sólo me ha dado permiso para estar fuera un par de horas, y ya ve todo el tiempo que me he quedado. No, no, no pasa nada, no se preocupe por mí, qué se va a enfadar… Lo único es que… ¡Ay, Señor! Iván Petróvich, querido mío, la verdad es que no sé qué hacer: ¡no hay día que no llegue bebido a casa! Está muy atareado con no sé qué asunto, se le ve triste, tiene algo muy importante metido en la cabeza; yo ya me doy cuenta de todo eso, pero el caso es que todas las noches llega borracho… Así es que no hago más que darle vueltas a una cosa: si llega a casa y no estoy yo, ¿quién le va a meter en la cama? Bueno, me voy, me voy. Adiós, Iván Petróvich. He estado echando un vistazo a sus libros: hay que ver cuántos libros tiene usted, y seguro que están todos llenos de sabiduría; yo, en cambio, soy una ignorante y no he leído un libro en mi vida… Bueno, hasta mañana…