Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Pero a la mañana siguiente Nellie se despertó triste y malhumorada, y respondía a mis preguntas de mala gana. Ella no se dirigía a mí, parecía enfadada conmigo. Me di cuenta, eso sí, de que me lanzaba algunas miradas de soslayo, casi a hurtadillas; había mucho dolor íntimo escondido en esas miradas, pero también se transparentaba en ellas una ternura que estaba ausente cuando me miraba directamente. Fue ese mismo día cuando se produjo la escena de la medicina con el doctor. Yo ya no sabía qué pensar.
Pero Nellie había cambiado por completo. Sus rarezas, sus caprichos, el odio que en ocasiones casi parecía profesarme, todo eso se prolongó hasta el mismo día en que dejó de vivir conmigo, hasta el momento de la catástrofe que supuso el final de nuestra historia. Pero ya hablaremos de eso más tarde.
Había ratos, no obstante, en que de repente volvía a mostrarme el mismo cariño de antes. En esos momentos su afecto parecía mayor que nunca; en tales ocasiones, solía llorar amargamente. Pero pronto pasaban esas horas, y volvía a hundirse en su melancolía habitual, y de nuevo me miraba con hostilidad o se ponía ñoña, como había hecho con el doctor, o, advirtiendo que me había molestado alguna nueva travesura suya, empezaba a reír a carcajadas y casi siempre acababa llorando.