Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Aquel dÃa regresé a casa a media tarde, y sorprendà a Nellie escondiendo a toda prisa un libro debajo de la almohada. Era mi novela: la habÃa cogido de la mesa y la estaba leyendo en mi ausencia. ¿Por qué me lo ocultarÃa? «Se conoce que le da vergüenza», pensé, pero no le hice ver que me habÃa dado cuenta. Un cuarto de hora más tarde, aprovechando que entré un minuto en la cocina, saltó rápidamente de la cama y depositó la novela donde antes: al volver, la vi otra vez encima de la mesa. Muy poco después, me llamó; se notaba cierta emoción en su voz. En los últimos cuatro dÃas prácticamente no se habÃa dirigido a mÃ.
—¿Va a ir usted… hoy… a casa de Natasha? —me preguntó, con la voz entrecortada.
—SÃ, Nellie; necesito ir a verla sin falta.
Nellie no decÃa nada.
—Y… ¿la quiere usted mucho? —volvió a preguntar, con su débil voz.
—SÃ, Nellie, la quiero mucho.
—Yo también la quiero —añadió en voz baja. Después se hizo un nuevo silencio—. Quiero irme a vivir con ella —empezó otra vez, mirándome tÃmidamente.
—Eso es imposible, Nellie —repliqué, un tanto sorprendido—. ¿Tan mal estás aquà conmigo?