Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—¡Vaya una idea! —decía el doctor, frunciendo el ceño sin querer. Nellie sonreía pícaramente, e incluso una vez, sin darse cuenta, me dedicó también a mí una sonrisa—. De todos modos… le encargaré un vestido si se lo gana usted con su conducta —prosiguió el doctor.

—Y, cuando me case con usted, ¿tendré que seguir tomando esos polvos todos los días?

—Bueno, entonces puede que no sea necesario tomarlos siempre. —Y el doctor empezaba a sonreír.

Nellie interrumpía la conversación con sus risas. El buen anciano la secundaba y observaba su alegría con deleite.

—¡Un espíritu juguetón! —decía entonces, volviéndose hacia mí—. Pero aún le quedan signos de su carácter caprichoso, todavía se muestra algo antojadiza e irritable.

Estaba en lo cierto. Yo no tenía la menor idea de lo que le estaba pasando. Daba la sensación de que no estaba dispuesta a dirigirme la palabra, como si la hubiera faltado en algo. Y eso me dolía mucho. Yo también acababa por enfurruñarme, y en cierta ocasión estuve todo un día sin hablarle, pero al día siguiente me sentí avergonzado. A menudo le daba por llorar, y yo no sabía qué hacer para consolarla. Una vez, no obstante, rompió su silencio.


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