Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos A continuación empezaban las charlas, y cada vez la animaba, de un modo tan serio como persuasivo, a que cuidara su salud y le daba algunos consejos médicos muy convincentes.
—No hay nada más importante que cuidar la salud —decÃa en tono dogmático—; en primer lugar, y ante todo, para seguir vivos; y, en segundo lugar, para estar siempre sanos y poder, de ese modo, alcanzar la felicidad en la vida. Si tiene usted, querida niña, algún pesar, deberÃa olvidarlo o, mejor aún, tratar de no pensar en él. Y, si no sufre ningún pesar, entonces… también es conveniente no pensar en eso, e intentar pensar en cosas agradables… en algo alegre, divertido…
—Y ¿en qué voy a pensar que sea alegre y divertido? —preguntó Nellie.
Y el doctor ya no sabÃa por dónde salir.
—Bueno, sÃ… en algún juego inocente, adecuado a su edad; o, no sé… bueno, algo asà como…
—Yo no quiero jugar; no me gustan los juegos —decÃa Nellie—. Me gustan más los vestidos nuevos.
—¡Los vestidos nuevos! Hum. Bueno, eso ya no está tan bien. Debemos conformarnos en todos los aspectos con la vida sencilla que nos ha tocado en suerte. Aunque, por otra parte… quién sabe… tampoco pasa nada porque le gusten los vestidos nuevos.
—Y ¿encargará usted muchos vestidos para mà cuando nos casemos?