Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Ya he dicho que entre el médico y ella, a partir del momento en que aceptó tomar la medicina, surgió una sorprendente simpatía. Nellie le quería mucho y siempre le recibía con una sonrisa alegre, por muy triste que estuviera antes de que él llegara. El anciano, por su parte, empezó a visitarnos a diario, y había días en que venía un par de veces, incluso cuando Nellie se levantó de la cama y mejoró sensiblemente. Se diría que lo había embrujado de tal manera que no podía pasarse un día sin oír su risa y sus chanzas, que a menudo resultaban muy divertidas. Empezó a traerle libros ilustrados, siempre de carácter edificante. Uno de ellos lo había comprado expresamente para ella. Después empezó a traerle dulces y caramelos en unas cajas preciosas. En tales ocasiones, solía entrar con aire triunfal, como si fuera su cumpleaños, y Nellie en seguida adivinaba que le traía algún regalo. Pero no se lo enseñaba, sino que empezaba a reírse astutamente, y se sentaba a su lado, anunciando que, en caso de que cierta joven damisela hubiera sabido comportarse debidamente y se hubiera hecho acreedora a los elogios en su ausencia, dicha joven sería merecedora de un buen premio. Mientras tanto, le dirigía una mirada tan ingenua y benévola que Nellie, aunque no podía evitar reírse de él abiertamente, le mostraba a la vez en sus radiantes ojillos un apego y un cariño completamente sinceros. Finalmente, el anciano se levantaba solemnemente de la silla, sacaba la caja de los caramelos y, dándosela a Nellie, añadía indefectiblemente: «A mi futura y amada esposa». En esos momentos él era, seguramente, más dichoso que Nellie.