Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Y ¿por qué es imposible? —Se sonrojó—. QuerÃa usted convencerme de que me fuera a vivir a la casa del padre; pero yo ahà no quiero ir. ¿Natasha tiene criada?
—SÃ.
—Bueno, pues que eche a su criada, yo la serviré. Haré todo lo que necesite, sin que me pague nada. La voy a querer mucho, y le prepararé la comida. DÃgaselo hoy mismo.
—¿Para qué? ¿Qué disparate es ése, Nellie? Pero ¿qué opinión tienes de ella? ¿Cómo puedes pensar que te iba a coger como cocinera? Si fueras a vivir a su casa, serÃas igual que ella, como una hermana pequeña.
—No, no quiero ser igual que ella; asà no quiero ir.
—¿Por qué?
Nellie no respondió. Los labios se le contrajeron: tenÃa ganas de llorar.
—Entonces, ese hombre al que quiere ¿la va a abandonar y la va a dejar sola? —preguntó al fin. Yo me quedé sorprendido.
—¿Y cómo sabes eso, Nellie?
—Usted ya me habÃa hablado de eso, y hace dos dÃas, cuando el marido de Aleksandra Semiónovna estuvo aquà por la mañana, se lo pregunté; me lo contó todo.