Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —O sea, ¿que Maslobóiev vino aquà por la mañana?
—SÃ, aquà estuvo —contestó, agachando la vista.
—Y ¿por qué no me dijiste que habÃa estado?
—Pues…
Me quedé pensativo. A saber en qué andarÃa metido Maslobóiev, con aquella afición suya a los misterios. ¿Qué se traerÃa entre manos? TendrÃa que ir a verlo sin falta.
—Bueno, ¿y a ti qué más te da, Nellie, si él la deja?
—Pues que usted la quiere mucho —contestó Nellie, sin levantar la vista—. Y, ya que la quiere, tendrÃa que casarse con ella cuando el otro se marche.
—No, Nellie, ella a mà no me quiere de la misma manera que yo a ella, y además yo… No, Nellie, eso no va a pasar.
—Pues yo podrÃa servirlos a ustedes dos, como criada, y ustedes vivirÃan felices —dijo, con un hilo de voz, sin mirarme.