Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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«¿Qué le pasará?, ¿qué le pasará?», pensé, y algo se removió en mi interior. Nellie se quedó callada y ya no volvió a decir nada en toda la tarde. Sin embargo, cuando me marché, se echó a llorar, y estuvo llorando sin cesar, según me dijo después Aleksandra Semiónovna, hasta que se quedó dormida entre lágrimas. Aquella noche, incluso, lloró en sueños, y dijo algo, como si estuviera delirando.

Pero, a partir de ese día se volvió aún más taciturna y callada y ya no hablaba conmigo en ningún momento. Es cierto que pude captar dos o tres miradas suyas, de soslayo, y ¡había tanta ternura en ellas! Pero todo eso quedó atrás, al igual que los momentos que habían despertado en ella esa repentina ternura; y, como oponiéndose a ese impulso, con cada hora que pasaba se iba haciendo más huraña, incluso con el doctor, que estaba sorprendido con semejante transformación de su carácter. A todo esto, ya casi estaba restablecida, y el médico autorizó finalmente que diera algunos paseos, aunque muy cortos, al aire libre. El tiempo era estable, con días despejados y tibios. Estábamos en Semana Santa, que aquel año caía en fechas muy tardías. Aquella mañana había salido de casa. Tenía que ir sin falta a ver a Natasha, pero decidí pasar primero por casa, para llevar a Nellie a dar un paseo. Entre tanto, la había dejado sola.


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