Humillados y ofendidos

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IV

No me había dado tiempo a salir a la calle, no me había dado tiempo a pensar qué hacer a continuación, cuando de pronto vi que un coche se detenía delante del portal y que de ese coche se bajaba Aleksandra Semiónovna, llevando a Nellie de la mano. Fui rápidamente a su encuentro.

—¡Nellie, qué te ha pasado! —grité—. ¿Dónde has estado? ¿Por qué te habías ido?

—Tranquilo, no se precipite; vamos a su casa, rápido. Ahí se enterará de todo —gorjeó Aleksandra Semiónovna—. No sabe qué novedades le traigo, Iván Petróvich —iba susurrando, a toda prisa, por las escaleras—. Me he quedado de piedra… Venga, vamos, ahora le cuento.

Se le notaba en la cara que las noticias que traía eran de una importancia excepcional.

—Vamos, Nellie, no te quedes ahí parada; ve a echarte un rato —dijo nada más entrar en la habitación—, tienes que estar muy cansada. No es ninguna broma el paseo que te has dado, sobre todo recién salida de una enfermedad tan grave. Anda, tesoro, acuéstate… Y nosotros vamos a retirarnos un rato; no hay que molestarla, tiene que dormir… —Y me hizo una señal para que la siguiera a la cocina.

Pero Nellie no se echó: se quedó sentada en el sofá, y se tapó la cara con las manos.


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