Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Tras marcharse de casa, dos horas antes de mi regreso y después de dejarme aquella nota, Nellie se dirigió, en primer lugar, a casa del anciano médico. Con anterioridad, se las había arreglado para hacerse con su dirección. El doctor me contó que se había quedado atónito al verla allí, y en todo el tiempo que estuvo en su casa no había dado «crédito a sus ojos». «Y todavía sigo sin creérmelo —añadió, una vez concluido su relato—, y no me lo voy a creer en la vida.» Y, sin embargo, Nellie había estado realmente en su casa. Él estaba tan tranquilo en su despacho, sentado en un sillón, con su batín, tomándose un café, cuando ella irrumpió en la habitación y se le echó al cuello, sin darle tiempo a reaccionar. Venía llorando, y empezó a abrazarle y a besarle: le besaba la mano, mientras le pedía, con toda vehemencia aunque de un modo incoherente, que le dejara quedarse a vivir allí. Decía que ya no quería ni podía seguir viviendo conmigo, y que por eso se había escapado de casa; que lo estaba pasando muy mal; que ya no iba a volver a reírse de él, ni a hablar de vestidos nuevos, y que se iba a portar bien y a estudiar; que aprendería a «coser y planchar las pecheras» (seguramente, habría ido pensando por el camino lo que le iba a decir, si es que no se lo había preparado antes); y, por último, que sería obediente y se tomaría a diario todas las medicinas que hiciera falta. Y que lo que le había dicho el otro día de que quería casarse con él se lo había dicho en broma, que no se le había pasado por la cabeza. El viejo alemán estaba tan perplejo que no se movió del sitio, y estuvo todo el rato con la boca abierta y con la mano en la que sostenía el cigarro suspendida en el aire, hasta que el cigarro se le apagó.