Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Mademoiselle —dijo al fin, recuperando la facultad del habla—, mademoiselle, si la he entendido bien, me está usted pidiendo que la coloque aquí, en mi casa. Pero ¡eso es imposible! El caso es que estoy bastante apurado y mis ingresos son escasos… Y, por otra parte, así, de repente, sin haberlo pensado… ¡Es terrible! Y, por otra parte, por lo que veo, se ha escapado usted de casa. Eso no está nada bien, no debería usted… Y, por otra parte, yo sólo la había autorizado a pasear un rato, siempre y cuando hiciera buen tiempo, bajo la vigilancia de su benefactor, y usted resulta que lo abandona y viene corriendo a mi casa, cuando debería usted estar cuidándose y… y… tomando sus medicinas. Y, por otra parte… por otra parte, yo no acabo de entender…

Nellie no le dejó terminar. Volvió a echarse a llorar, a implorar, pero de nada le sirvió. El anciano estaba cada vez más perplejo y cada vez entendía menos. Finalmente Nellie lo dejó por imposible y, exclamando: «¡Ay, Dios mío!», salió corriendo de la habitación. «Estuve malo todo el día —añadió el doctor, a modo de conclusión—, y aquella noche tuve que tomar una decocción».




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