Humillados y ofendidos

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Nellie, mientras tanto, se dirigió a toda prisa a casa de Maslobóiev. También se había hecho con su dirección, y consiguió dar con la casa, aunque le costó. Maslobóiev estaba en casa. Aleksandra Semiónovna juntó las manos, asombrada, al oír cómo Nellie les pedía que la acogieran en su casa. Cuando le preguntó a qué venía tanto empeño y por qué estaba tan a disgusto conmigo, Nellie no contestó y se desplomó en una silla, entre sollozos. «Qué forma de sollozar —me contaba Aleksandra Semiónovna—, creí que se moría». Imploraba que la cogieran de lo que fuera, de doncella, de cocinera, le daba igual; decía que barrería los suelos y aprendería a hacer la colada. (Tenía depositadas sus mayores esperanzas en la colada; por alguna razón, creía que ésa era la oferta más seductora que podía hacer para que la aceptaran). Aleksandra Semiónovna era partidaria de acogerla en su casa hasta que se aclarase el asunto, comunicándome entretanto lo sucedido. Pero Filipp Filíppich se opuso resueltamente y mandó traerme de inmediato a la fugitiva. De camino, Aleksandra Semiónovna empezó a abrazarla y a besarla, lo cual hizo que Nellie se echara a llorar nuevamente, esta vez con más ganas aún. Al verla, también Aleksandra Semiónovna rompió a llorar. De modo que no pararon de llorar en todo el recorrido.



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