Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Pero ¿por qué, Nellie? ¿Por qué no quieres vivir con él? ¿Es que te trata mal? —preguntaba Aleksandra Semiónovna, hecha un mar de lágrimas.

—No, no me trata mal.

—Y, entonces, ¿por qué?

—Pues porque no quiero vivir con él… no puedo… Yo me porto tan mal con él… y él es tan bueno… Pero con ustedes no voy a portarme mal, voy a trabajar —decía entre sollozos, como si sufriera un ataque de histeria.

—¿Y por qué te portas tan mal con él, Nellie?

—Porque sí…

—Y ese «porque sí» fue lo único que le pude sacar —concluyó su relato Aleksandra Semiónovna, enjugándose las lágrimas—. ¿Por qué será tan desdichada? ¿Será cosa de las convulsiones? ¿Usted qué cree, Iván Petróvich?

Entramos a ver a Nellie; estaba tumbada, con la cara hundida en unos cojines, llorando. Yo me puse de rodillas a su lado, le tomé las manos y empecé a besárselas. Ella las retiró bruscamente y se puso a sollozar aún con más fuerza. Yo no sabía qué decir. En ese momento se presentó el viejo Ijménev.


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