Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Buenos dÃas, Iván! VenÃa a tratar cierto asunto contigo —dijo, mirándonos a todos, y sorprendiéndose al verme de rodillas. En los últimos tiempos habÃa estado enfermo, y se le notaba pálido y demacrado; no obstante, habÃa adoptado una actitud desafiante y no se tomaba en serio su enfermedad: no hacÃa caso de las admoniciones de Anna Andréievna, se negaba a guardar cama y seguÃa saliendo cotidianamente a ocuparse de sus asuntos.
—Hasta luego —dijo Aleksandra Semiónovna, mirando fijamente al viejo—. Filipp FilÃppich me mandó regresar cuanto antes. Estamos ocupados. Pero vuelvo luego, a la caÃda de la tarde, para quedarme un par de horas.
—¿Y quién es ésa? —me susurró el viejo, pensando sin duda en otra cosa.
Se lo expliqué.
—¡Hum! Mira, venÃa por lo siguiente, Iván…