Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Ya sabía yo a lo que venía, y no me sorprendió su visita. Había venido a hablar con Nellie y conmigo, con la intención de pedir que se fuera a vivir con ellos. Anna Andréievna había accedido finalmente a acoger en su casa a la huérfana. Ése fue el resultado de nuestras conversaciones secretas: había conseguido convencer a Anna Andréievna, haciéndole ver que la presencia de aquella huérfana, cuya madre también había sido objeto de la maldición paterna, podría ablandar el corazón de nuestro anciano y hacerle cambiar de parecer. Le expuse mi plan con tanta claridad que ella misma empezó a importunar a su marido, insistiendo en que la acogiesen. El viejo se sumó encantado al proyecto: en primer lugar, para contentar a Anna Andréievna, y, en segundo lugar, porque él también tenía sus propias razones… Pero todo eso ya lo aclararé más adelante…

Ya he contado que Nellie, desde aquella primera visita, no le tenía aprecio al anciano. Después pude advertir que en su rostro se traslucía incluso cierto odio cada vez que pronunciaba en su presencia el nombre de Ijménev. Éste fue directamente al grano, sin más preámbulos. Se acercó a Nellie, que seguía tumbada en el sofá con la cara escondida en los cojines, le tomó una mano y le preguntó si quería ir a vivir a su casa, a ocupar el puesto de su hija.


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