Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Yo tenÃa una hija, la querÃa más que a mà mismo —concluyó el viejo—, pero ahora ya no está conmigo. Ha muerto. ¿QuerrÃas ocupar su lugar en mi hogar y… en mi corazón?
Y en sus ojos, secos e inflamados por la fiebre, brilló una lágrima.
—No, no quiero —respondió Nellie sin levantar la cabeza.
—Pero ¿por qué no, mi niña? Tú no tienes a nadie en el mundo. Iván no puede tenerte aquà eternamente, y conmigo estarÃas como en tu propia casa.