Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—No quiero, porque es usted malo. Sí, malo, malo —insistió; entonces alzó la cabeza, se incorporó y miró de frente al anciano—. Yo también soy mala, peor que nadie, pero ¡usted es aún peor! —Al decir esto, Nellie se puso pálida, los ojos le brillaron; hasta los labios temblorosos palidecieron y se le contrajeron, movidos por un intenso sentimiento. El viejo la miró perpleja—. Sí, es usted peor que yo, porque no quiere perdonar a su hija; pretende usted olvidarla para siempre y para eso quiere llevar a su casa a otra niña. Pero ¿cómo se puede olvidar a una hija? ¿Cómo me va a querer a mí? En cuanto me mire, se acordará de que yo soy una extraña y de que usted tenía una hija, a la que ha decidido olvidar porque es usted un hombre cruel. Y yo no quiero vivir con un hombre cruel, ¡no quiero, no quiero! —Nellie dejó escapar un sollozo y me miró fugazmente—. Pasado mañana es domingo de Resurrección, todo el mundo se besa y se abraza, todo el mundo se desea la paz, todas las culpas se perdonan… Lo sé… Pero usted… sólo usted… ¡Bah! ¡Cruel! ¡Aléjese de mí!

Se deshizo en llanto. Sin duda, tenía preparado ese discurso desde hacía tiempo y se lo había aprendido por si Ijménev volvía a ofrecerle su casa. El viejo se quedó petrificado y palideció. Un sentimiento de dolor se reflejó en su rostro.


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