Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Pero ¿por qué, por qué todo el mundo se preocupa tanto por mÃ? ¡No quiero, no quiero! —exclamó de pronto Nellie, fuera de s×. ¡Pienso ir a pedir en la calle!
—Nellie, ¿qué te pasa? ¡Nellie, cariño! —grité, sin poder contenerme. Pero mis exclamaciones sólo empeoraron las cosas.
—SÃ, prefiero estar en la calle pidiendo limosna, aquà no me pienso quedar —proclamaba entre sollozos—. También mi madre tuvo que mendigar y, al morir, me decÃa: «Cuando se es pobre, más vale pedir que…». No es ninguna vergüenza tener que pedir: yo no le pido sólo a una persona, sino que le pido a todo el mundo; pedir a una sola persona sà es una vergüenza, pero pedir a todas no; eso es lo que me dijo una mendiga. Soy pequeña, no tengo otra forma de ganarme la vida. Asà que le pido limosna a todo el mundo. Pero aquà no quiero estar, no quiero, no quiero, soy mala, soy peor que nadie… ¡Para que vean lo mala que soy! —De pronto Nellie agarró inesperadamente una taza de la mesa y la estampó contra el suelo—. Ahora está rota —afirmó, mirándome con aire triunfal y desafiante—. Sólo habÃa dos tazas —añadió—; voy a romper también la otra… Y entonces ¿cómo piensa tomar el té?