Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Estaba enfurecida, y parecÃa recrearse en su propia furia, como si fuera consciente de que aquello era censurable, de que estaba muy feo, y a la vez se sintiera espoleada para cometer nuevas fechorÃas.
—Está enferma, Vania, eso es lo que le pasa —dijo el anciano—, si no… si no, yo ya no entiendo a esta chiquilla. ¡Adiós!
Cogió su gorra y me estrechó la mano. Estaba hundido; Nellie le habÃa ofendido profundamente. Yo estaba totalmente desconcertado.
—¡No has tenido piedad de él, Nellie! —grité cuando nos dejó solos—. ¿No te da vergüenza? ¡No, no tienes corazón, mira que eres mala! —Y asÃ, tal como estaba, sin sombrero, salà corriendo detrás del viejo. QuerÃa acompañarlo hasta el portal y decirle al menos un par de palabras de consuelo. Mientras bajaba por las escaleras, me parecÃa estar viendo la cara de Nellie, que se habÃa quedado blanca como una pared al oÃr mis reproches.
En seguida di alcance al anciano.
—Esa pobre niña ha sufrido mucho; hazme caso, Iván: bastante tiene ya con lo suyo, para que venga yo a hablarle de mis penas —dijo con una sonrisa amarga—. He enconado su herida. Dicen que un saciado no comprende a un hambriento; pero yo, Vania, añadirÃa que un hambriento no siempre comprende a otro hambriento. Bueno, ¡adiós!