Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos TenÃa intención de comentarle otro asunto, pero el anciano me disuadió con un gesto.
—No necesito más consuelos; más te vale estar atento, porque esa niña puede escapársete en cualquier momento; esa sensación da —añadió irritado y se alejó a buen paso, haciendo molinetes con el bastón y dando golpes en la acera.
No contaba él con que iba a resultar profético.
¡Cómo me quedé cuando, al volver a mi apartamento, descubrà con espanto que Nellie habÃa vuelto a marcharse! Salà corriendo al descansillo, la busqué en las escaleras, la llamé, llegué a preguntar a los vecinos si sabÃan algo de ella: no podÃa, no querÃa creer que se hubiera escapado de nuevo. ¿Y cómo podÃa haberlo hecho? Sólo hay un portal en la casa; tendrÃa que haber pasado por delante de nosotros mientras yo estaba hablando con el viejo. Pero en seguida caà en la cuenta, para mi desesperación, de que podÃa haberse escondido en cualquier rincón en las escaleras y haber esperado a que yo entrara en casa, y escaparse entonces, evitando asà que yo la viera. En todo caso, no podÃa haber ido muy lejos.
En un estado de profunda ansiedad, corrà en su busca una vez más, dejando abierto, por si acaso, mi apartamento.