Humillados y ofendidos

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En primer lugar fui a casa de Maslobóiev. No estaba en casa; tampoco Aleksandra Semiónovna. Les dejé una nota en la que les informaba de la nueva desgracia y les pedía que, en caso de que Nellie se presentara en su casa, me avisaran de inmediato. De ahí me fui a casa del doctor; tampoco lo encontré; la criada me hizo saber que, aparte de la visita de la víspera, no había ido nadie por allí. ¿Qué podía hacer? Me dirigí a casa de la Búbnova, y allí me explicó el fabricante de ataúdes, al que ya conocía de aquella otra ocasión, que la señora llevaba en comisaría desde el día anterior, detenida por algún asunto, y que a Nellie no la habían vuelto a ver por allí desde entonces. Agotado, exhausto, volví a toda prisa a casa de los Maslobóiev; idéntico resultado: no había aparecido nadie, tampoco ellos habían vuelto. Ahí seguía mi nota, encima de la mesa. ¿Qué podía hacer?

Mortalmente abatido, regresé a casa, bastante tarde ya. Tendría que haber ido esa tarde a casa de Natasha; ella misma me había escrito, pidiéndome que fuera, por la mañana. Pero no había probado bocado en todo el día; estaba muy alterado, pensando en Nellie. «¿Qué es lo que le pasa? —pensaba yo—. ¿No será alguna extraña consecuencia de su enfermedad? ¿No se habrá vuelto loca o estará a punto de perder el juicio? Pero ¿dónde se habrá metido, Dios mío? ¿Adónde podría ir a buscarla?»


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