Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos En ese preciso instante, vi de pronto a Nellie a tan sólo unos pasos de distancia, en el puente V. Estaba al pie de una farola y no me había visto. Quise echar a correr hacia ella, pero me detuve. «¿Qué estará haciendo aquí?», me pregunté perplejo y, convencido de que ya no la iba a perder de vista, decidí quedarme a la espera, vigilándola. Transcurrieron unos diez minutos, y ella seguía allí parada, pendiente de los transeúntes. Por fin pasó un hombre mayor, bien vestido, y Nellie se le acercó: el hombre, sin detenerse, sacó algo del bolsillo y se lo dio. Ella se inclinó agradecida. No tengo palabras para expresar lo que sentí en aquel momento. Sentí un dolor atroz en mi interior, como si algo precioso para mí, algo que había querido, cuidado y mimado, hubiera sido denigrado y escupido delante de mi vista en aquel preciso instante. De inmediato, mis ojos se llenaron de lágrimas.