Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Sí, vertía mis lágrimas por la pobre Nellie, aunque sentía al mismo tiempo una profunda indignación: no pedía limosna por necesidad; nadie la había desterrado de su lado, nadie la había abandonado a su suerte; no huía de unos crueles opresores, sino de gente amiga que la quería y se ocupaba de ella. Era como si deseara sorprender o alarmar a alguien con sus hazañas, o como si estuviera jactándose de algo. Pero algo oculto había madurado en su alma… Sí, mi viejo amigo tenía razón; había sido maltratada, su herida no acababa de cicatrizar y parecía dispuesta a enconar deliberadamente su daño con aquel comportamiento enigmático, con aquella actitud recelosa; se diría que se recreaba en el dolor, en el egoísmo del sufrimiento, si se me permite la expresión. Yo podía llegar a entender aquel enconamiento del dolor, aquel regodeo: era el deleite de tantos humillados y ofendidos, de tanta gente que había sido aplastada por el destino y había sentido en carne propia su iniquidad. Pero ¿de qué podía quejarse Nellie? ¿Qué clase de injusticia habíamos cometido con ella? Era como si quisiera sorprendernos y asustarnos con sus caprichos y sus chiquilladas, como si estuviera exhibiéndose delante de nosotros… Pero ¡tampoco! En aquellos momentos estaba sola, ninguno de nosotros la estaba mirando mientras pedía limosna. ¿Sería posible que lo hiciera exclusivamente por su propio placer? ¿Para qué necesitaba la caridad? ¿Para qué quería el dinero?


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