Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Tras recibir aquella limosna, dejó el puente y se acercó al exterior de un comercio, bien iluminado. Aquí se dedicó a contar sus ganancias; yo me quedé a diez pasos de ella. Tenía bastantes monedas en la mano; se notaba que llevaba pidiendo desde por la mañana. Con el dinero bien cogido en la mano, cruzó la calle y entró en un tenducho. Yo me aproximé de inmediato a la puerta de la tienda, abierta de par en par, para ver qué hacía ahí dentro.
Vi cómo depositaba el dinero en el mostrador y le daban a cambio una taza, una sencilla taza de té, muy parecida a la taza que había roto horas antes, para demostrarnos a Ijménev y a mí lo mala que era. Esa taza podía costar unos quince kópeks, tal vez algo menos. El comerciante la envolvió con un papel, ató el paquete y se lo entregó a Nellie, que a continuación abandonó la tienda con aire satisfecho.
—¡Nellie! —grité cuando pasó cerca de mí—. ¡Nellie!