Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Se estremeció, volvió la vista hacia mí, la taza se le escapó de las manos, cayó al pavimento y se hizo añicos. Nellie estaba pálida, pero, al fijarse en mí, convencida de que me había enterado de todo, se ruborizó; su rubor delataba una vergüenza atroz, insoportable. La cogí de la mano y la llevé a casa; no estábamos lejos. No dijimos una sola palabra en todo el camino. Al llegar a casa, me senté; Nellie se quedó de pie, delante de mí, pensativa, turbada, otra vez pálida, con los ojos clavados en el suelo. No se atrevía a mirarme.

—Nellie, ¿has estado pidiendo limosna?

—¡Sí! —susurró y bajó aún más la mirada.

—¿Querías reunir dinero para comprar una taza como la que rompiste esta mañana?

—Sí…

—Pero ¿acaso te lo he echado en cara, acaso te he regañado por esa taza? ¿No te das cuenta, Nellie, de toda la soberbia, de toda la arrogancia que hay en tu comportamiento? ¿Te parece bonito? ¿No te da vergüenza? Seguro que…

—Me da vergüenza… —susurró con voz apenas audible, mientras una lágrima rodaba por su mejilla.

—Te da vergüenza… —me hice eco de sus palabras—. Nellie, cariño, si no me he portado bien contigo, te pido que me perdones y que hagamos las paces.


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