Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Me miró, empezó a llorar a lágrima viva y se me arrojó al pecho.

En ese mismo instante entró corriendo Aleksandra Semiónovna.

—¡Vaya! ¿Ya está aquí? ¿Otra vez? Ay, Nellie, Nellie, ¿qué es lo que te ocurre? Bueno, menos mal que, por lo menos, ya estás en casa… ¿Dónde la ha encontrado, Iván Petróvich?

Le hice una seña a Aleksandra Semiónovna para que no hiciera más preguntas, y ella captó el mensaje. Yo me despedí cariñosamente de Nellie, que seguía llorando amargamente, y le pedí a la buena de Aleksandra Semiónovna que le hiciera compañía hasta mi regreso, y me fui corriendo a ver a Natasha. Llegaba tarde y llevaba mucha prisa.

Aquella noche se estaba decidiendo nuestro destino: Natasha y yo teníamos mucho de que hablar, pero eso no me impidió decirle un par de palabrillas sobre Nellie, y le conté lo sucedido con todo detalle. Mi relato le resultó muy interesante y le causó una profunda impresión.

—¿Sabes, Vania? —me dijo, después de meditarlo—. Tengo la impresión de que está enamorada de ti.

—¿Qué dices?… ¿Cómo es posible? —pregunté con asombro.

—Sí, se trata del comienzo del amor, de un amor de mujer…


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