Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Se marchó a toda prisa, dejando profundamente impresionada y perpleja a Nellie, que había estado escuchando en silencio nuestra conversación. Aún estaba enferma, guardaba cama y tomaba su medicina. Aliosha nunca le dirigía la palabra y apenas le prestaba atención cuando venía a verme.
Al cabo de dos horas volvió a aparecer, y me sorprendió ver la cara tan alegre que traía. Nuevamente se me colgó del cuello y me estrechó entre sus brazos.
—¡Asunto concluido! —exclamó—. Se han aclarado todos los malentendidos. De aquí me fui directamente a ver a Natasha: estaba hundido, no puedo vivir sin ella. Al entrar, me arrodillé ante ella y le besé los pies: lo necesitaba, estaba deseando hacer eso; si no, me habría muerto de pena. Ella me abrazó en silencio y se echó a llorar. Entonces le dije, directamente, que quiero a Katia más que a ella…
—¿Y ella qué ha dicho?