Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Parece otra persona —me decÃa—; por las noches, en su delirio, se arrodilla ante el icono y se pone a rezar sin que yo me entere; habla en sueños, y de dÃa parece como si se hubiera vuelto medio loco: ayer Ãbamos a tomar shchi[55] y él era incapaz de encontrar la cuchara, a pesar de que la tenÃa justo al lado; le preguntas una cosa y te responde otra bien distinta. Ahora le ha dado por salir de casa cada dos por tres: «Voy a ocuparme de unos asuntos —dice—; necesito ver a un abogado». En fin, esta mañana se ha encerrado en su despacho, diciendo: «Tengo que redactar un escrito en relación con el pleito». Ya me dirás tú qué escrito va a redactar alguien que no es capaz de encontrar una cuchara, teniéndola a su lado. El caso es que me he puesto a mirar por el ojo de la cerradura: estaba sentado, escribiendo, y al mismo tiempo lloraba amargamente. «¿Qué clase de documento oficial está escribiendo? —pensé—. ¿No estará lamentándose por nuestra hacienda de Ijménevka? Entonces, ¡la hemos perdido definitivamente!» En esto, de repente, se levantó de un salto, arrojó la pluma sobre la mesa, se le subieron los colores, le centellearon los ojos, cogió su gorra y salió del despacho diciendo: «En seguida vuelvo, Anna Andréievna». Nada más salir, lo primero que hice fue acercarme a su escritorio; tiene ahà un montón de papeles relativos al pleito, a mà no me deja ni tocarlos. Cuántas veces le habré pedido: «Anda, déjame que aparte un momento estos papeles, para pasar el polvo». «¡Ni se te ocurra!», me dice entre aspavientos; y es que desde que estamos en San Petersburgo se ha vuelto un impaciente y un cascarrabias. Total, que me he acercado a la mesa y me he puesto a buscar ese papel que acababa de escribir. Porque estaba segura de que no se lo habÃa llevado, sino que, al levantarse de la mesa, lo habÃa metido entre los otros papeles. Bueno, pues aquà tiene, bátiushka Iván Petróvich, lo que he encontrado, mire.