Humillados y ofendidos

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Los quebraderos de cabeza se habían presentado la semana anterior. Una mañana, Anna Andréievna me había mandado un aviso, pidiéndome que dejara todo lo que tuviera entre manos y fuera corriendo a su casa, por un asunto urgente que no admitía demora. Cuando llegué, estaba sola, dando vueltas por la habitación, en un estado febril, fruto del temor y la inquietud, aguardando temblorosa el regreso de Nikolái Sergueich. Como de costumbre, tardé un buen rato en conseguir que me explicara qué ocurría y por qué estaba tan asustada, y resultaba evidente que, entre tanto, cada minuto era precioso. Por fin, después de una serie de vehementes reproches que no venían al caso —me echaba en cara que no fuera a verlos y los dejara solos con su desgracia, como a unos huérfanos desamparados, y se preguntaba qué habría pasado en mi ausencia—, me comunicó que Nikolái Sergueich llevaba tres días en un estado tal de nerviosismo que no había «palabras para describirlo».








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