Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos ¡Pobre anciano! Desde las primeras líneas se adivinaba a quién había escrito. Era una carta a Natasha, a su adorada Natasha. Empezaba en un tono vehemente y afectuoso: le ofrecía su perdón y le pedía que volviera a su lado. Era difícil entenderlo todo, la carta estaba escrita de un modo confuso e incoherente, con infinidad de tachaduras. Lo que sí quedaba claro era que muy pronto la intensa emoción que le había impulsado a tomar la pluma y escribir aquellas primeras líneas tan sentidas había dejado paso a otra actitud: el anciano empezaba a reprender a su hija, describiendo con los colores más vivos su crimen, le reprochaba amargamente su obstinación, acusándola de ser insensible, ya que, posiblemente, no se habría acordado ni una sola vez de lo mal que se había portado con su padre y con su madre. En pago a su soberbia, la amenazó con castigos y maldiciones, y terminaba exigiendo su vuelta inmediata y sumisa a casa, y entonces, y sólo entonces, después de una nueva vida de obediencia ejemplar «en el seno familiar», tal vez se decidieran a perdonarla. Resultaba evidente que aquel sentimiento magnánimo que inspiraba las primeras líneas lo había percibido luego como una señal de debilidad, se había avergonzado y, finalmente, sintiendo las punzadas del orgullo herido, concluía con un estallido de furia y amenazas. La anciana estaba parada delante de mí, de brazos cruzados, esperando asustada lo que pudiera decirle después de leer la carta.