Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —No te enfades, Aliosha —añadió—, es que necesito hablar con Natasha sobre un asunto muy importante y muy serio, y tú no debes oÃr lo que decimos. Asà que sé razonable y márchate. Pero usted, Iván Petróvich, quédese. Tiene usted que ser testigo de toda nuestra conversación.
—Vamos a sentarnos —le propuso a Natasha tras la salida de Aliosha—. Yo aquÃ, enfrente de usted. Primero quiero mirarla.
Se sentó prácticamente enfrente de Natasha y estuvo unos momentos mirándola fijamente. Natasha le respondió con una sonrisa involuntaria.
—Ya habÃa visto una fotografÃa de usted —dijo Katia—, me la mostró Aliosha.
—¿Y bien? ¿Me parezco a mi retrato?
—Usted es más guapa —respondió Katia con decisión y seriedad—. Es lo que yo pensaba, que usted serÃa más guapa.
—¿De verdad? Pues yo no me canso de mirarla. ¡Es usted una preciosidad!