Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—¡Qué dice usted! ¡Qué cosas tiene! Es usted un encanto, un ángel —añadió, y cogió la mano de Natasha con su mano temblorosa; ambas volvieron a quedarse calladas, mirándose detenidamente—. Mire —Katia rompió el silencio—, sólo disponemos de media hora para estar juntas; madame Albert ha consentido a regañadientes, y tenemos tantas cosas de que hablar… Lo que quiero… necesito… bueno, se lo preguntaré sin más: ¿ama usted a Aliosha?

—Sí, mucho.

—En tal caso… si ama usted tanto a Aliosha… entonces… debe usted querer que sea feliz —añadió tímidamente, en un susurro.

—Sí, quiero que sea feliz…

—Siendo así… pero la cuestión es la siguiente: ¿voy a hacerle yo feliz? Si me creo con derecho a hablar así es porque le estoy apartando de su lado. Si usted cree, y llegamos ahora a esa conclusión, que va a ser más feliz con usted, entonces… entonces…

—Eso ya está decidido, querida Katia; usted misma puede verlo, todo está decidido —replicó tranquilamente Natasha y agachó la cabeza. Saltaba a la vista que le resultaba muy duro seguir con la conversación.


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