Humillados y ofendidos

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—¡Qué se le va a hacer! ¡Lo que no entiendo es cómo ha podido dejarla a usted por mí! —exclamó Katia—. ¡Ahora que la he visto a usted no lo puedo entender! —Natasha no contestaba, y miraba al suelo. Katia hizo una breve pausa y de pronto, levantándose de su asiento, la abrazó con calma. Se fundieron en un abrazo, llorando. Katia se sentó en el brazo del sillón de Natasha, sin dejar de abrazarla, y empezó a besarle las manos.

—¡Si usted supiera lo mucho que la quiero! —dijo llorando—. Seremos como hermanas, nos escribiremos continuamente… y yo siempre la voy a querer… La voy a querer tanto, tanto…

—¿Le ha hablado a usted de nuestra boda, en el mes de junio? —preguntó Natasha.

—Sí, sí, me ha hablado. Me dijo que usted estaba de acuerdo. Me imagino que todo eso lo diría usted por decir, para consolarle, ¿no es así?

—Sí, claro.

—Así lo entendí yo. Voy a quererlo mucho, Natasha, y a usted le escribiré contándoselo todo. Parece que pronto será mi marido, todo apunta en esa dirección. Y todo el mundo habla de eso. Querida Natáshechka, supongo que ahora volverá usted a… a su casa, ¿no?

Natasha no respondió a su pregunta, sino que la besó en silencio, afectuosamente.

—¡Que sean ustedes felices! —dijo.


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