Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Lo mismo… lo mismo le… deseo —dijo Katia.
En ese momento se abrió la puerta y entró Aliosha. No habÃa sido capaz, no habÃa tenido fuerza de voluntad para aguantar la media hora de espera hasta el final y, viendo a Natasha y a Katia fundidas en un abrazo y deshechas en llanto, cayó ante ellas de rodillas, rendido y atormentado.
—¿Por qué lloras as� —le dijo Natasha—. ¿Porque vas a separarte de m� Pero si va a ser por poco tiempo. ¿No vas a estar de vuelta en junio?
—Y entonces celebraréis vuestra boda —se apresuró a decir Katia, entre lágrimas, tratando de consolar a Aliosha.
—Pero yo no puedo, no puedo dejarte un solo dÃa, Natasha. Sin ti me moriré… ¡No sabes cuánto te necesito ahora! ¡Sobre todo ahora!
—Mira, entonces puedes hacer una cosa —propuso Natasha, animándose de pronto—; porque la condesa se quedará algún tiempo en Moscú… ¿no es as�
—SÃ, casi una semana —aclaró Katia.
—¡Una semana! Mejor todavÃa: mañana vas con ellas a Moscú, eso te llevará sólo un dÃa y podrás regresar de inmediato. Cuando vayan a dejar Moscú, nos despedimos finalmente para un mes y tú te vuelves a Moscú para acompañarlas y quedarte ya con ellas.