Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Me encantaba perdonarle, Vania —prosiguió—. Sabes, cada vez que me dejaba sola, yo me ponÃa a dar vueltas por el cuarto, sufriendo, llorando, pero a veces me daba por pensar: «Cuanto más culpable se sienta ante mÃ, mejor»… ¡SÃ! Y, date cuenta, siempre me lo imaginaba como un chiquillo: me veÃa sentada, y él apoyaba la cabeza en mis rodillas, se quedaba dormido, y yo le pasaba la mano muy despacio, acariciándole… Siempre que no estaba a mi lado, me lo imaginaba de esa manera… Escucha, Vania —añadió de pronto—, ¡Katia es un encanto!
Me dio la sensación de que estaba hurgándose en la herida a propósito, impelida por una especie de necesidad: necesidad de desesperación, de sufrimiento… ¡Es tan frecuente en los corazones que han sufrido una pérdida grave!
—Katia, a mi juicio, puede hacerle feliz —continuó—. Tiene carácter, y habla con tanta convicción, y con él es muy seria, muy sensata; siempre le habla de cosas importantes, como si fuera una persona mayor. Cuando, en realidad, no es más que una criatura. ¡Qué simpática es! ¡Ah! ¡Ojalá sean felices! ¡Ojalá, ojalá!
Y súbitamente las lágrimas, los sollozos, brotaron en tropel de su corazón. Durante media hora fue incapaz de dominarse, de calmarse mÃnimamente.