Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Querida mía —dijo, con un suspiro—, me hago cargo de su tristeza, sabía que estos instantes serían muy duros para usted, y he considerado que era mi deber venir a visitarla. Consuélese, en la medida de lo posible, con la idea de que, renunciando a Aliosha, va a permitir que sea feliz. Pero usted lo sabe mejor que yo, puesto que ha decidido dar ese paso tan generoso…

«Yo estaba sentada, escuchándole —me contó Natasha—, y la verdad es que al principio no entendía muy bien lo que quería decir. Recuerdo únicamente que le miraba fijamente, no dejaba de mirarle. Me tomó de la mano y empezó a apretármela. Eso parecía resultarle muy agradable. Yo estaba tan fuera de mí que ni siquiera pensé en retirarla».

—Se ha dado usted cuenta —siguió diciendo el príncipe— de que, convirtiéndose en la mujer de Aliosha, podía haber conseguido que él acabara odiándola, pero hay en usted suficiente noble orgullo para reconocerlo y tomar una decisión… Pero el caso es que no he venido aquí a alabarla. Tan sólo quería proclamar ante usted que nunca, y en ninguna parte, encontrará usted a un amigo mejor que yo. La compadezco y lo siento por usted. Me he visto forzado a intervenir, de mala gana, en todo este asunto, pero he cumplido con mi deber. Su hermoso corazón sabrá comprenderlo y se reconciliará con el mío… ¡A mí se me ha hecho más duro que a usted, créame!


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