Humillados y ofendidos

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Decidí ir en seguida en busca de un médico; había que atajar la enfermedad. En coche no tardaría mucho. Hasta las dos, mi viejo amigo, el doctor alemán, solía estar en casa. Salí corriendo para allá, tras suplicarle a Mavra que no dejara ni un minuto, ni un segundo, sola a Natasha, y que no le permitiera salir bajo ningún concepto. Dios me ayudó: si hubiera llegado un poco más tarde, no habría encontrado al anciano en casa. Cuando me presenté, ya estaba en la calle, listo para marcharse. En un santiamén, le acomodé en mi coche, sin darle tiempo a sorprenderse, y volvimos rápidamente para casa de Natasha.

¡Sí, Dios me ayudó! Durante la media hora que estuve fuera, le ocurrió a Natasha algo que podría haber acabado con su vida de no haber llegado yo a tiempo con el doctor. No había pasado ni un cuarto de hora desde que me había marchado cuando se presentó el príncipe. Venía directamente de despedir a los suyos en la estación de ferrocarril. Seguramente, esa visita la tenía ya pensada y decidida hacía tiempo. La propia Natasha me contó después que al principio ni siquiera le había sorprendido la presencia del príncipe. «Estaba muy confusa», me dijo.

Se sentó enfrente de ella, mirándola con ojos cariñosos, compasivos.


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