Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Antes de que me diera tiempo a esconderme en alguna parte, me vio y se quedó estupefacta. Se detuvo a mi lado, petrificada. «De pronto caà en la cuenta —me contó después— de que en mi ofuscación, en mi locura, habÃa llegado a echarte de mi lado; a ti, ¡a mi amigo, mi hermano, mi salvador! Y cuando te vi ahà sentado en la escalera, esperando, a pesar de la ofensa, a que volviera a llamarte… ¡Dios mÃo! Si supieras, Vania, cómo me sentÃ. Fue como si me hubieran atravesado el corazón…»
—¡Vania! ¡Vania! —gritó, tendiendo las manos hacia m×. ¡Estás aquÃ!
Y cayó en mis brazos.
Yo la sujeté y la lleve dentro. ¡Se habÃa desmayado! «¿Qué hago ahora? —pensé—. ¡Seguro que sufre un ataque febril!»