Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos De repente, los ojos de Natasha centellearon:
—¡Ah! ¡Eres tú! ¡Tú! —me gritó—. Ahora te has quedado solo. ¡Le odiabas! Nunca has podido perdonarle que le haya amado… Aquà estás otra vez, ¡a mi lado! ¿Y bien? Otra vez has venido a consolarme, a intentar convencerme de que regrese con mi padre, que me desprecia y me maldice. ¡Ayer mismo lo he vuelto a saber, después de dos meses! ¡No quiero, no quiero! ¡Yo también los maldigo! ¡Vete de aquÃ, no puedo ni verte! ¡Fuera de mi vista, fuera!
Me daba cuenta de que estaba fuera de sà y mi presencia la ponÃa enferma; también me daba cuenta de que era algo de lo más natural, asà que juzgué preferible marcharme. Salà y me senté en el primer escalón a esperar. De vez en cuando me levantaba, abrÃa la puerta, llamaba a Mavra y le preguntaba. Mavra no paraba de llorar.
Asà pasó una hora y media. No soy capaz de describir cuál fue mi estado durante ese tiempo. TenÃa el corazón en un puño, y sufrÃa de una forma atroz. De pronto la puerta se abrió y Natasha salió precipitadamente, con capa y sombrero. ParecÃa ausente, y ella misma me confesó después que en esos momentos no sabÃa adónde iba con tanta prisa ni qué se proponÃa hacer.