Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Al fin dieron las once en el reloj. A duras penas, le convencí de que se fuera. El tren de Moscú partía a las doce en punto. Sólo faltaba una hora. Más tarde Natasha me contó que no se acordaba de cómo le había mirado por última vez. Recuerdo que le persignó, le besó y, cubriéndose el rostro con las manos, se metió de nuevo en la habitación. Yo tuve que acompañar a Aliosha y dejarlo montado en el coche, porque si no habría regresado indefectiblemente y jamás habría llegado a salir a la calle.

—Eres nuestra única esperanza —me decía mientras bajábamos las escaleras—. ¡Vania, amigo mío! Soy culpable ante ti, y nunca seré digno de tu estima, pero te pido que seas mi hermano hasta el final: sigue queriéndola, no la dejes sola, y escríbeme contándomelo todo por extenso, detenidamente, sin omitir un solo detalle. Pasado mañana estaré aquí de vuelta, ¡sin falta, sin falta! Pero después, cuando vuelva a marcharme, ¡escribe! —Le ayudé a montarse en el coche—. ¡Hasta pasado mañana! —me gritó al ponerse en marcha—. ¡Sin falta!

Subí de vuelta a casa de Natasha con el corazón helado. Estaba de pie en medio de la habitación, con los brazos cruzados, y me miró distraída, como si no me reconociera. Tenía los cabellos caídos hacia un lado, la mirada turbia y errática. Mavra, desconcertada, estaba junto a la puerta, mirándola aterrada.


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