Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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A la mañana siguiente, a las diez en punto, ya estaba en su casa. Aliosha llegó justo a la vez… Venía a despedirse. No voy a hablar de esa escena, no quiero recordarla. Natasha parecía haberse prometido a sí misma ser fuerte, aparentar alegría, indiferencia, pero fue incapaz. Abrazó a Aliosha con todas sus fuerzas, de un modo convulsivo. Apenas habló con él, pero estuvo mucho tiempo observándole con una mirada fija, atormentada, propia de una persona perturbada. Estaba pendiente, con enorme ansiedad, de todas y cada una de sus palabras, y daba la impresión de no entender nada de lo que le decía. Recuerdo que Aliosha le pidió que le perdonara, que le perdonara aquel amor y todas las ofensas recibidas en ese tiempo, que le perdonara sus infidelidades, su amor a Katia, su partida… Hablaba de un modo incoherente, ahogado por las lágrimas. De vez en cuando le daba por consolarla, diciendo que sólo iba a estar fuera un mes o, a lo sumo, cinco semanas, que en verano estaría de vuelta y que entonces se casarían, que su padre también daría su consentimiento y, sobre todo, que en dos días habría regresado de Moscú y entonces dispondrían de cuatro días enteros para pasarlos juntos, de modo que apenas iban a estar un día separados…

¡Era algo extraño! Estaba totalmente convencido de que decía la verdad, pensaba que en un par de días, sin falta, estaría de vuelta de Moscú… ¿Por qué, entonces, lloraba y sufría de ese modo?


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